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Luego sé ciñó las zapatillas, que habían perdido su negro azabache y parecían sucias y estaban despellejadas por las puntas. Con varices no se puede correr bien Por un ventanuco miraba al patio el Chato la Nava, distraído, deslumbrado por el espejeo del sol en la albura de la fachada frontera; rumorosos los oídos del monólogo de su compañero.

Quedarse en casa. Ni ansias, ni varices, ni canguelo; sopa de ajo. Si no lo puedes hacer te fastidias, que hay quien lo hace y engorda. Perucho hizo un gesto de desesperanza. Se levantó de la silla. El asiento de adornos barrocos tenía un agujero en medio, con flecos de cartón. El Chato la Nava se pasó despaciosamente una mano por las rucias barbas de dos días y se apartó del ventano.


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El Chato la Nava guardó una pausa antes de responder: Perucho fue hacia la puerta. De su chaqueta cogió un paquete de cigarrillos. El Chato la Nava tenía los faldones dé la camisa por encima del pantalón. A un fiambre que se lo han llevado hace un rato. Un olor como a polvo meado, a papelotes, a ropa sucia Yo sé lo que me digo Como esto, como esto, y que se te pega Un fundón viejo que tenía repujado un nombre que no era el suyo y mostraba en la tapa de la cartera la huella rectangular de la chapa de propiedad de su antiguo dueño.

Acaba ya -dijo el matador-. Mira que tienes gusto, mira que se te ocurren ideas Por el ventanuco entraba mucha luz. Del alto techo colgaba una bombilla encendida. En el fondo de la habitación estaban amontonados pupitres y bancos rotos y palos de banderas y una monstruosa cabeza de cartón y varios escudos de madera pintados de azul celeste con la Virgen descalza sobre el filo de una media luna navajera ornada de estrellas.

He engordado, que también perjudica a las varicés. Un día tengo un disgusto Son de alambre. Buscadme a Pepe No sirven Buscadme a ese tío Al Chato la Nava le llegaban los calzoncillos a las corvas. Estaba de espaldas a sus compañeros preparando su traje. Desde el omoplato derecho hasta la cintura le culebreaba una cicatriz blancuzca, con relieves de zurcimiento malo. Se volvió hacia el matador.


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  4. Tenía el pecho ancho y velludo con un lucero de canas sobre el esternón. Sostenía cuidadosamente la taleguilla entre sus manos. De sus brazos podían proliferar brazos; eran como dos ramas, largos, nudosos, fuertes y sombreadores. Las delgadas piernas, un poco zambas, parecían estar unidas de un modo artificial a los pies; pies de alpargatas y abarcas, cuerudos, aplastados, firmemente puestos sobre la tierra. Perucho abrió la puerta y gritó: Que venga inmediatamente.

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    Perucho cerró la puerta. Por diez cochinos duros ése es capaz de vender a su madre El Chato la Nava, con la taleguilla puesta, se acercó a su matador.

    Esto se despacha en seguida. Entró el mozo de estoques, seguido del empleado del Ayuntamiento. El alcalde dice que hay que empezar ahora mismo, que el señor marqués se tiene que marchar a Madrid y quiere veros. En estas cosas es mejor El Chato la Nava contemplaba a su matador. Pepe, el mozo de estoques, bebía del botijo. Terminaron de vestirse. El mozo de estoques había salido con el esportón de los trastos.

    L os dos peones le dejaron pasar. Los carros que formaban la plaza estaban atestados de gente. En el balcón del Ayuntamiento se sentaban el alcalde el señor marqués. Una mujer con toquilla les ofreció unos vasos de limonada en una bandeja. Los tres toreros caminaban entre los mozos que ocupaban el círculo arenado. A ver Los toreros se colocaron frente al Ayuntamiento. Los mozos despejaron el círculo subiéndose a los carros Gritaban.

    Sonó un tamboril, y luego, las notas agridulcillas de dos dulzainas comenzaron un pasacalle. Los toreros iniciaron el paseíllo. De la leve capa de arena del suelo de la fiesta emergía el empedrado cotidiano: Lentamente fueron al burladero grande. La torre de la iglesia daba sombra a la plaza. Se hizo silencio. En el silencio estaban los tres solos. Desde el brocal de talanqueras y carros les contemplaba el pueblo entero. Cuando salió el toro, viejo y negro, el pozo se fue llenando de su sombra. La gente gritaba pidiendo que abandonaran el burladero.

    El Chato la Nava miró a los compañeros. Y salió. En el brocal se hizo un silencio de campo. Los amarillos de las tierras paniegas, los grises del gredal y el almagre de los campos lineados por el verdor acuoso de las viñas se sucedían monótonos como un traqueteo. En la siestona tarde de verano, los viajeros apenas intercambiaban desganadamente suspensivos retazos de frases. Daba el sol en la ventanilla del departamento y estaba bajada la cortina de hule. El son de la marcha desmenuzaba y aglutinaba el tiempo; era un reloj y una salmodia. Los viajeros se contemplaban mutuamente sin curiosidad y el cansino aburrimiento del viaje les ausentaba de su casual relación.

    Uno de los tres hombres del departamento le respondió antes que la mujer sentada frente a ella tuviera tiempo de contestar. En la próxima. La joven hizo un mohín, que podía ser de disgusto o simplemente un reflejo de coquetería, porque inmediatamente sonrió al hombre que le había informado. El vino, a pocos, es bueno. El hombre descolgó su bota del portamaletas y se la ofreció a la joven.

    La mujer mayor revolvió en su bolso y sacó un pañuelo gran- de como una servilleta. Puedes echar a perder el vestido. Los tres hombres del departamento contemplaron a la muchacha bebiendo. Los tres sonreían pícara y bobamente; los tres tenían sus manos grandes de campesinos posadas, mineral e insolidariamente, sobre las rodillas. Su expectación era teatral, como.

    El dueño de la bota la sostuvo cuidadosamente, como si en ella hubiera vida animal, y la apretó con delicadeza, cariciosamente. La parada es de tres minutos. Del tren a la cama Antes, los asientos eran de madera y se revenía el pintado. Antes echaba uno hasta la capital cuatro horas largas, si no traía retraso. Antes, igual no encontraba usted asiento y tenía que ir en el pasillo con los cestos.

    Ya han cambiado las cosas, gracias a Dios. Y en la guerra En la guerra tenía que haber visto usted este tren. A cada legua le daban el parón y todo el mundo abajo. En la guerra Se quedó un instante suspenso. Sonaron los frenos del tren y fue como un encontronazo. Hay que quitarse el hollín. No estoy acostumbrada. La mujer mayor frunció el entrecejo y se dirigió en un susurro a la joven; el susurro coloquial tenía un punto de menosprecio para los hombres del departamento al establecer aquella marginal intimidad. Hablaban de cómo venía el campo y en sus palabras se traslucía la esperanza.

    La mujer mayor volvió a darse aire con la revista cine-. La pintura de los labios de la mujer mayor se había apagado y extendido fuera del perfil de la boca. Sus brazos no cubrían la ancha mancha de sudor axilar, aureolada del destinte de la blusa. La joven levantó la cortina de hule. El edificio de la estación era viejo y tenía un abandono triste y cuartelero. En su sucia fachada nacía, como un borbotón de colores, una ventana florida de macetas y de botes con plantas.

    De los aleros del pardo tejado colgaba un encaje de madera ceniciento, roto y flecoso. A un lado estaban los retretes, y al otro un tingladillo, que servía para almacenar las mercancías. El jefe de estación se paseaba por el andén; dominaba y tutelaba como un gallo, y su quepis rojo era una cresta irritada entre las gorras, las boinas y los pañuelos negros. El pueblo estaba retirado de la estación a cuatrocientos o quinientos metros.

    El pueblo era un sarro que manchaba la tierra y se extendía destartalado hasta el leve henchimiento de una colina. La torre de la iglesia - una ruina erguida, una desesperada permanencia- amenazaba al cielo con su muñón. Los ocupantes del departamento volvieron las cabezas. Forcejeaba, jadeante, un hombre en la puerta. El jadeo se intensificó. Dos de los hombres del departamento le ayudaron a pasar la cesta y la maleta de cartón atada con una cuerda. El hombre se apoyó en el marco y contempló a los viajeros.

    Tenía una mirada lenta, reflexiva, rastreadora.

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    Luego se quitó la gorrilla y sacudió con la mano desocupada su blusa. Pidió permiso para acercarse a la ventanilla y todos encogieron las piernas. La mujer mayor suspiró protestativamente y al acomodarse se estiró buchona. Bajo la ventanilla, en el andén, estaba una anciana acurrucada, en desazonada atención. Su rostro era apenas un confuso burilado de arrugas que borroneaba las facciones, unos ojos punzantes y unas aleteadoras manos descarnadas.

    Siéntate, hombre. Si mañana me dan plaza, mejor. Dile todo, no dejes de decírselo. Cuando veas al hijo de Manuel le dices que le diga a su padre que estoy en la ciudad. No le cuentes por qué. Ahora, siéntate. Escríbeme con lo que te digan. El hombre y la mujer se miraron en silencio. La mujer se cubrió el rostro con las manos.. Pitó la locomotora. Sonó la campana de la estación. El ruido de los frenos al aflojarse pareci6 extender el tren, desperezarlo antes de emprender la marcha.

    El tren se puso en marcha. Las arrugas y el llanto habían terminado de borrar las facciones. El hombre se volvi6. El tren rebasó e1 tinglado del almacén y entró en los campos. La mujer mayor estir6 las piernas. La joven baj6 la cortina le hule. El hombre que había hablado de la guerra sac6 una petaca oscura, grande, hinchada y suave como una ubre. El hombre que no había hablado a las mujeres, que solamente había participado de la invitación al vino y de las hablas del campo, mir6 fijamente al anciano, y su mirada era solidaria y amiga.

    La joven decidió los prólogos de la intimidad compartida. Entonces el anciano bebi6 de la bota, aceptó el tabaco y comenz6 a contar. Sus palabras acompañaban a los campos. La primera vez, la primera vez que María y yo nos separamos Sus años se sucedían monótonos como un traqueteo. A las doce menas cuarto. De los periódicos. H acía daño respirar. Pasaron hacia los vertederos los carros de la basura. Despertó Antonia Puerto; lloraba el pequeño. Tosió el pequeño. Antonia cerró y el frío se fue haciendo chiquito, hasta desaparecer. También se despertó Juan, con ojos de liebre asustada; dio una vuelta e n la cama y desveló a su hermano mayor.

    Antonia cerró la ventana. La habitación olía pesadamente. Pasó los dedos, con las yemas duras, por el cristal con postillas de hielo. Tenía un sabor agrio en la boca que le producía una muela careada. Miró la calle, con los charcos helados y los montones de grava duros e hilvanados de escarcha. Oyó a su hijo pequeño llorar. Pedro se había marchado al trabajo. Llevaban diez años casados. Un hijo; cada dos años, un hijo. El primero nació muerto y ya no lo recordaba; no tenía tiempo. Después llegaron Luis, Juan, y el pequeño.

    Para el verano esperaba otro. Pedro trabajaba en la construcción; tuvo mejor trabajo, pero ya se sabe: No ganaba mucho y había que ayudarse. Antonia hacía camisas del Ejército. El pequeño lloraba y despertó a sus hermanos. Luis, el mayor, saltó de la cama en camisa y apresuradamente se puso los pantalones.

    Juan se quedó jugando con las rodillas a hacer montañas y organizar cataclismos. La orografía de las mantas le hacía soñar; inventaba paisajes, imaginaba ríos en los que pudiera pescar, piedra a piedra, por supuesto, cangrejos. Cangrejos y arroz, porque esto era lo mejor de las excursiones domingueras del verano. Luis ya se había lavado y el pequeño no lloraba.

    Entró una vecina a pedir un poco de leche - en su casa se cortó inexplicablemente -. Antonia se la dio. La vecina, con un brazo cruzado sobre el pecho y con el otro recogido, sosteniendo un cazo abollado, comenzó a hablar. A Juan le llegaban las voces muy confusas. La vecina decía: Después tienen que crecer por los dos lados para que vuelvan a su ser Si crecen sólo por uno La voz de la madre le sobresaltó. Todavía intentó soñar. La habitación estaba pegada a la cocina.

    En la habitación se estaba bien, pero luego de haber ido a la cocina no se podía volver: Juan cogió el orinal.

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    La voz de la madre le llegó con otra nueva amenaza. Vete al water. No quería ir al retrete porque hacía mucho frío, pero fue; el retrete estaba en el patio. Al volver se había marchado la vecina. La madre le agarró del pescuezo y le arrastró a la fregadera;. Por fin desayunó. Con la tripa caliente salió al patio. Sus amigos estaban jugando con unas escobas a barrenderos de jardines. Trazaban medios círculos y se acompañaban con onomatopeyas. Se puso un momento a la pata coja para rascarse un tobillo. Sin embargo, no sacó la mano izquierda del pantalón.

    A poco bajó su hermano Luis a un recado. Decidió acompañarle. Daba gusto subir a los montones de grava. Pararse a mirar un charco y romper el hielo con el tacón. Antonia trabajaba junto a la ventana sentada en una silla ancha y pequeña. La luz del patio es amarga; es una luz prisionera, una luz que hace bajar mucho la cabeza para coser. En el fogón una olla tiembla. Antonia deja la camisa sobre las rodillas y abulta la mejilla con la lengua, tanteando la muela. Hasta las diez no vuelven los chiquillos, porque se han entretenido o tal vez porque prefieren el frío de la calle al encierro de la casa.

    Juan saca los labios bembones. No seas cínico. Luego Antonia comienza un monólogo - siempre el mismo -que la descansa. Juan camina lentamente hacia la puerta, la entreabre. Las dos amenazas que usa, sin resultado alguno, con sus hijos, son el hospital y el hospicio. Cuando no los conmueve a primera vista echa mano del padre: Juan siente escalofríos por la espalda cuando le amenazan con su padre.

    No como la madre, que lo hace a conciencia y entre gritos. Un rayo de sol dora las fachadas, ahora que la niebla alta se ha despejado. Los gorriones se hinchan como los papos de un niño reteniendo el aire. Un perro se estira al sol con la lengua fuera. El caballo de la tartana del lechero pega con los cascos en el suelo y mueve las orejas. La mañana bosteza de felicidad. Juan se mete en un solar a vagabundear. Silba y tira piedras. Los cristales de la casa de enfrente son de un color sanguinolento, tal que el agua cuando se lava las narices ensangrentadas por haberse hurgado mucho.

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    Busco en parte lo que puedo dar yo, no busco príncipes azules, ni matrimonios, ni enamoramientos aunque nunca se cierra una a eso , sino, feeling, buen rollo, salir, entrar, pero sobretodo REIRSE MUCHO. Tengo 29 años y me da igual la edad que puedas tener siempre y cuando podamos tener conversaciones desde hablar de arte, pasando por el cosmos, siguiendo por libros extraños hasta hablar de ovnis. Mentes que merezcan la pena conocer. Conocernos y ver qué pasa Toni , 40 años. Madrid Hola soy Antonio de Madrid Tengo 40 años,llegado a este punto en la vida busco estabilidad en mi vida y en mi relación de pareja.

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